La Tigrila
Escrito un domingo 31 de mayo, 2026, con Caroline Adamy.
ti·gri·la sustantivo femenino.
Mujer traviesa y valerosa. Curiosa, diurna por convicción. Colorida. Aprovecha el día. Variante poco documentada de Leopardus tigrinus, de la que se distingue por usar bikini.
A simple vista, un bikini es un pareo diminuto de dos piezas.
Pero, como casi todo lo que parece banal, esconde un trasfondo que no le pedimos, pero terminamos agradeciendo.
El bikini moderno nació de manera oficial exactamente un año después de que terminara la Segunda Guerra Mundial. Lo diseñó el ingeniero francés Louis Réard, lo modeló por primera vez Micheline Bernardini, y lo bautizó el Atolón de Bikini, donde Estados Unidos practicaba bombas atómicas y donde, años después, la cultura popular instalaría a Bob Esponja, Patricio Estrella, y mi personal favorito, el tierno y malhumorado Plankton. El nombre es perfecto por accidente. Colorido y divertido como la caricatura, peligroso y atómico como el experimento militar. Pocas cosas cargan tan bien su propia contradicción.
Si vamos más atrás, ni siquiera fue una invención.
En la Villa Romana del Casale, en Sicilia, un mosaico del siglo IV muestra a una mujer en lo que solo se puede describir como un bikini. Es strapless arriba, recto abajo, idéntico a algo que hoy se colgaría en una vitrina. La moda gira y vuelve sobre sí misma cada cierto tiempo.
Casi nada de lo que usamos es nuevo. Lo interesante tiene que ver con de dónde viene.
Durante demasiado tiempo, la moda se comportó como un turista malcriado. Llegaba, le tomaba foto a algo que llevaba siglos ahí, lo copiaba y se iba sin preguntar el nombre del artista. La técnica era ancestral pero el crédito era inexistente. Lo llamábamos inspiración porque “saqueo” quedaba mal en el press kit.
Pero todo ha cambiado mucho, y para bien.
El consumidor moderno está cada vez menos dispuesto a mirar para otro lado. Hoy cobra más fuerza la vieja idea de que la propiedad intelectual vale tanto como la marca que la usa. Es como un pasaporte, un árbol genealógico, un certificado de origen, que distingue a un producto de calidad de otro bonito, pero irresponsablemente ambiguo.
Ahí entra Caroline Adamy.
La conocí en una sesión de fotos. Carito es mitad peruana, mitad estadounidense, formada en Parsons y reinstalada en Lima después de unos años en Nueva York, donde investiga la cultura de manera natural. Su marca, Tigrilo, tiene una ambición ambiciosa (valga la redundancia) de representar la Amazonía en 360 grados. Las comunidades que la habitan, quienes la recorren, sus plantas, sus ríos, su cielo, y sus animales. Lo logra poco a poco. Es la única manera honesta de lograr algo así.
Algunos prints nacen de las experiencias de Carito en centros de conservación y en comunidades de la selva. Otros vienen de colaboraciones con madres artesanas shipibo-konibo de Cantagallo lideradas por Sucy Gomez. Entre las artistas originales está Jovita Maynas, a quien Carito conoció en uno de sus muchos viajes a Pucallpa, conocida localmente como la Tierra Colorada. Juntas han diseñado e incorporado el arte kené: un lenguaje visual ancestral, dibujado a mano y transmitido entre generaciones. Sus diseños vibrantes se plasman sobre telas hechas de botellas recicladas y se convierten en bikinis que no solo te acompañan en tus aventuras de temporada si no que aportan a iniciativas de rescate y conservación de felinos salvajes en la Amazonía.
Compro, entonces, sin culpa. Lo cual es sospechosamente conveniente.
Si no vamos a escapar del consumo, al menos podemos volvernos selectivos y sofisticar el paladar. En el Perú aprendimos hace rato a nutrir el estómago y el corazón con buena sazón. La moda peruana apenas empieza a descubrir cómo alimentar el alma.
Es la diferencia entre un McDonald’s y una comida en Isolina Taberna Peruana, o un Matsuéi, o un Clon, o un Mérito. La hamburguesa es rica, no nos mintamos, pero no sabes quién la hizo, ni de dónde salió la papa, ni te interesa averiguarlo. En la otra mesa, el chef te explica que la conchita llegó hace tres horas y que el plato reinterpreta una receta con la que tus antepasados sobrevivían inviernos. La primera experiencia es rápida y olvidable. La segunda tiene intimidad. Una cosa la consumes. La otra te la quedas.
Con la ropa pasa exactamente igual, y aquí conviene distinguir que “caro” y “costoso” no son sinónimos. Caro es lo que tiene un precio alto que no necesariamente lo justifica. Costoso es lo que vale por el trabajo, por el diseño, por cuánto te va a durar, y por la rara virtud de no pasar de moda. La cuenta, si uno se anima a hacerla, es muy clara: una pieza costosa que usas cien veces sale más barata que una ganga que usas dos antes de que se deshilache o deje de interesarte. Atemporal mata tendencia. Siempre. Llámenlo girl math si quieren.
Comprar algo atemporal, además, es una forma de invertir. Cuando cada cosa en tu clóset tiene una razón de ser (cuando partió de una decisión y no de un descuento) sales de tu casa sabiendo un poco mejor quién eres. Tener un porqué importa mucho. La mejor historia no es el “story” para Instagram, saber que lo que elegimos ponernos celebre a otras mujeres y las ayude a prosperar en algo que aman, y que vestirse pueda ser, también, una manera de cuidar un país.
Algo muy chiquito puede cargar un valor enorme. La moda sostenible juega un partido. Es un David contra el Goliat del fast fashion. La diferencia es que David nunca ganó por ser más grande.
Gracias por leer.


